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martes, 31 de mayo de 2011

Mi Primer Cuento


ORIÓN

      Llegaba sigilosamente a la casa, sin siquiera sonar las llaves, con una mano abría lentamente la puerta y preparados en la otra mano pedazos de cambur para ¡lanzárselos apenas abra!; pero era inútil, siempre se escapaba. La puerta abierta por milímetros y él la empujaba tan pero tan fuerte con su cabeza, que la abría de par en par y se embalaba montaña abajo en busca de nuevas aventuras.
      Era Orión, mi perro fiel y travieso guardián, tan intensamente negro como la noche pero, con el pecho amarillo tan encendido como el sol al mediodía; su cabeza y sus patas tan pesadas como toscas; y sus ojos, sus ojos dos pequeños luceros tan tiernos que invitaban al juego, la danza y las mañas.
      Orión tan ágil como ingenuo se enfrentaba valientemente a caballos que conseguía en el camino terminando todo magullado y pateado por ellos, pero con su cabeza bien en alto; mi perro que era todo un Don Juan, le gustaba conquistar y cortejar  perras de muchas razas dejándolas solas después para regresar pronto a casa. Al llegar, olfateaba inmediatamente los gatos que entraban a la casa sin su permiso y los cazaba, no sin antes advertirles:
      - ¡Yo soy el amo de esta casa y ningún otro animal ocupará mi lugar!
      -¡Ya verán que ahora no quedará ni un rastro de ustedes!
      Y sin piedad los agarraba y batuqueaba por el cuello con su gran hocico sin dejarlos siquiera maullar. Estos no lograban salir nunca más.
      Un día, en una de sus tantas escapadas, a Orión lo hirieron con un machete tan gravemente, que cayó muy enfermo; apenas y levantaba su cabeza para poder comer y buscar su inseparable compañero: un limón.
     Todos en la casa preocupados por Orión lo llenaban de atenciones para que nuevamente danzara libre y torpemente en el patio de la casa, con su limón en el hocico. – ¡Orióóón! ¡Ven! ¡Tu almuerzo! - gritaba el  abuelo -.
      Y Orión sólo lograba levantar sus ojos. Mamá, Papá, abuelos, tíos, vecinos, doctores y amigos buscaban desesperados una solución a la gran herida abierta que le quitaba poco a poco la vida.
      Una tarde, Orión agonizaba, tanto de dolor como de  tristeza pues ya no podía seguir con sus andanzas, que se llamó a un veterinario para que lo hiciera dormir profundamente. El médico llegó y dijo:
      - Hay que suministrarle pastillas, además de varias inyecciones letales, para que el perro descanse en paz.
      -¿Cómo descansará en paz con todo ese veneno dentro de él?  -preguntó la abuela- 
      -Porque los Rottweiller son una raza muy fuerte y vigorosa y con una sola inyección no bastará. No se preocupe señora el perro no sufrirá más-argumentó el veterinario- a la vez que inyectaba al pobre animal.
      Mientras tanto, los ojos de Orión que eran como dos luceros tan vivos, decían que no quería marcharse y se aferraba enormemente a su limón para que entendieran que él no quería dejar su casa y su familia sola sin un guardián como él.
      Finalmente exhaló su último suspiro dejando caer el limón que llevaba incondicionalmente en su hocico. La casa completa se sumió en una profunda tristeza. Orión había dejado un gran vacío, su compañía era inigualable. Su cuerpo y su limón fueron sembrados al pie de la casa, donde siempre guardará y acompañará a todos los miembros de ese hogar.
-Tía, si a Orión lo sembraron en la tierra ¿crecerá como las matas de limón? -preguntaba Gabriel muy triste pero guardando cierta esperanza de no perder para siempre a ese perro-
      -Sí, ¡crecerá una mata fuerte, frondosa, hermosa y con unos limones muy jugosos!-contestó la tía Isabel-
      -El patio de la casa ahora es muy grande y solo, pero llegaste tú, mi niño y ocupaste el vacío y los ratos de soledad que tiene esta casa llamada Génesis-nombre que le colocó tu abuelo, al mudarnos aquí.
      -Llegaste tú Gabriel y junto al alma viva y traviesa de Orión, este hogar recuperó su esencia que brilla desde el cielo, que es la de los perros también y nos visita cuando lo invocamos en un recuerdo lleno de luz.
                                                                                                          ALFA.

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